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Se derrumba la esencia del Zapaterismo

Regreso brevemente, pues la ocasión lo merece. Zapatero ya no es el que era. Ahora renuncia a su esencia, a su peculiar forma de ser. Esa que por un lado ha destrozado España y que por otro le ha diferenciado como un tipo soñador y rompedor. Soñaba con ministerios utópicos (Vivienda, Igualdad, Deportes) y no era capaz de apearse del burro ni en época de austeridad. También rompía con lo establecido, así se desligaba del Felipismo y después se quitaba de en medio a quienes le habían apoyado inicialmente (Sevilla, López Aguilar, Caldera...).

Hoy ha dado una vuelta de tuerca y con ella ha confirmado su defunción política. No obstante su testamento había sido suscrito hace escasos días en el pacto suicida con PNV (y CC). Implícitamente reconoce sus errores, algo que jamás haría de manera pública y franca. Colocar a Rubalcaba al frente de todo, como único y verdadero hombre fuerte del Ejecutivo es un símbolo de rendición ante lo poco que queda del Felipismo y la evidencia del fracaso de su mundo de ilusión y de civilizaciones aliadas. Ahora bien, de lo que tenía Zapatero para elegir era, para mí, lo mejor.

Hay otro aspecto que define aún más esta claudicación de Zapatero. Finalmente ha eliminado dos ministerios que jamás debieron existir. Por despilfarro y falta de competencias nunca tuvieron sentido alguno. Si a eso añadimos algunas ocurrencias de quienes dirigían esas carteras nos encontramos con un cóctel que es harto difícil saber por qué no explotó antes. La feliz y "lúcida" etapa de Bibiana Aído ya es historia. El insulso paso de Beatriz Corredor ni siquiera lo es.

Pero, a cambio de cargarse estas caras y la de una vicepresidenta que siempre le fue fiel y que encajó muchos de los golpes destinados al Presidente, se traído caras conocidas de amigas suyas: Leire Pajín y Trinidad Jiménez. De Pajín no esperamos nada bueno porque es una versión más vulgar y peor de José Blanco. Por desgracia está ahí por ser mujer. El maldito cupo de Zapatero nos impide disfrutar de alguien con más preparación y capacidad. Por otra parte, lo de Trinidad Jiménez es el caramelito de Zapatero a la mujer que se ha pegado el batacazo de su vida en Madrid ante sus afiliados. ZP la premia por haber dado la cara.

Y, por último, otro amigo más, pero no suyo, sino de los sindicatos. El nuevo ministro de Trabajo surge para calmar a los sindicatos que organizaron una huelga general hace unas semanas. Este tipo, vinculado históricamente a UGT, incluso secundó la huelga y alardeó de ello. Zapatero (al escribirlo casi me traiciona el subconsciente y pongo Zetaparo) sucumbe a los sindicatos y deja en la estacada al hombre de Gobierno que ocupaba todas las quinielas para saltar de la Secretaría de Estado de la Seguridad Social al Ministerio de Trabajo, Octavio Granados. Por desgracia, para él, Zapatero no entiende de convencionalismos. Y así nos ha ido.